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La casa de la infancia de Diego Armando Maradona, ubicada en Fiorito experimentó una profunda metamorfosis social en sintonía con la alarmante crisis alimentaria que azota al país. Aquella humilde vivienda de chapa y material que vio dar los primeros pasos al mayor astro futbolístico de todos los tiempos, y que oportunamente se proyectaba transformar en un museo de peregrinación para fanáticos de todo el mundo, viró su función original para albergar una masiva olla popular comunitaria organizada por los propios habitantes de la zona.
El comedor comunitario que funciona de manera activa en el célebre solar bonaerense asiste en la actualidad a un promedio de más de 300 personas por semana. Se trata de familias enteras, niños en edad escolar y jubilados del barrio que asisten con tuppers y ollas en busca de una ración caliente de comida para subsistir frente a la pérdida sistemática de ingresos. Las tareas de cocina, la recolección de donaciones y el mantenimiento diario del espacio son gestionados voluntariamente por los propios vecinos del bloque habitacional, quienes levantaron esta iniciativa solidaria inspirados en la profunda sensibilidad social que caracterizó históricamente la figura de Maradona.
El inmueble, que durante décadas permaneció abandonado y con severos signos de deterioro edilicio, recibió el año pasado la declaración formal de lugar histórico nacional. No obstante, las demoras burocráticas y la falta de presupuesto gubernamental para consolidar un circuito cultural formal empujaron a la comunidad local a tomar la iniciativa. Convencidos de que la mejor manera de honrar el legado del «Diez» no consistía en levantar monumentos inertes sino en tender una mano solidaria a los más vulnerables, los vecinos de Villa Fiorito decidieron adecuar el patio exterior e instalar grandes quemadores de gas y ollas de fundición.
«Fiorito siempre fue un barrio de trabajadores humillados por la falta de oportunidades, pero con una solidaridad inmensa que no se ve en otras partes del conurbano», explicaron referentes vecinales que coordinan las jornadas de asistencia alimentaria. La subsistencia de la olla popular depende casi exclusivamente del aporte voluntario de carnicerías, verdulerías de la zona y de las donaciones periódicas que acercan agrupaciones sociales y fanáticos maradoneanos de distintos puntos del país. En un contexto donde la inflación de los alimentos licuó el poder de compra de los sectores vulnerables, la casa natal del Diego se erigió como un refugio de contención indispensable.
De esta forma, la vivienda situada sobre la calle Azamor 523 no solo se mantiene en pie como un espacio de memoria emotiva para el deporte mundial, sino como un engranaje activo de supervivencia comunitaria. La transformación del sitio pone en relieve la vigencia del mito de Maradona en los sectores más postergados del Gran Buenos Aires, donde su nombre sigue estando asociado al plato de comida compartido y a la resiliencia colectiva en los momentos de mayor adversidad social. Las familias de Fiorito continuúan sosteniendo el fuego encendido, esperando que la mística de su máximo ídolo siga atrayendo la ayuda necesaria para que ninguna olla quede vacía.
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